El fin de semana fui a pasar mi cumpleaños a Malinalco con la familia, con pocas ganas ya que como cualquier jóven ansiaba festejar con los amigos. Mi sorpresa fue grande cuando llegué y me encontré con un gran templo mexica, donde entrenaban y hacían sacrificios los guerreros. Un personaje extraordinario apareció de pronto, era Martín.
Martín era un nativo de la zona que desde niño sentía una gran pasión por la cultura mexica. Nos platicó algo sobre la historia del templo y nos platicó que antes ese lugar pertenecía a su abuelo. Tal vez por esa razón “la tierra lo llamaba”. Nos invitó más tarde a su casa, ya que vive en el peñon de enfrente, donde se encuentran las cuevas donde se hacían los sacrificios voluntarios de los guerreros. Tiene un temascal hecho a mano con barro y barras de bambú, donde nos tomamos un baño, tal y como lo hacían los nativos del lugar.
Fue una experiencia como ninguna otra, ya que era un reto personal el aguantar ahí adentro. Muchas veces estuve a punto de darme por vencido, sin embargo aguanté hasta el final. Al ritmo de canciones, tal vez inventadas por el mismo Martín, recuperábamos el aliento dentro de ese horno celestial.
“En espiral hacia el centro, al centro del corazón… yo soy el tejido, yo soy el tejedor….. soy el sueño y el soñador” cantábamos todos con la esperanza de recuperar la fuerza que nos unía ya como un gran grupo unido por la misma causa, mantenernos vivos.
Martín, intentaba empujarnos al máximo, hacernos descubrir nuestra fuerza interna, sanar de alguna forma nuestras penas y tristezas haciéndonos estar en contacto con la naturaleza.
El barro comenzó a ser como un alivio para las altas temperaturas a las que nos encontrábamos, agua, la poco agua que alcanzábamos a beber era como una bendición para nuestros cuerpos casi en flamas. Realmente una experiencia única e incomparable.
Por fin, llegó la hora de dejar aquél horno que había sido nuestro techo por más de tres horas y el viento corría por nuestros cuerpos aún húmedos, uno de los encargados del lugar nos dio un baño de agua helada para refrescarnos.
Al final, Martín, quien había sido nuestro guía espiritual en el temascal me despidió aquella noche con un regalo muy especial, una cuenta de guerrero mexica.
Martín era un nativo de la zona que desde niño sentía una gran pasión por la cultura mexica. Nos platicó algo sobre la historia del templo y nos platicó que antes ese lugar pertenecía a su abuelo. Tal vez por esa razón “la tierra lo llamaba”. Nos invitó más tarde a su casa, ya que vive en el peñon de enfrente, donde se encuentran las cuevas donde se hacían los sacrificios voluntarios de los guerreros. Tiene un temascal hecho a mano con barro y barras de bambú, donde nos tomamos un baño, tal y como lo hacían los nativos del lugar.
Fue una experiencia como ninguna otra, ya que era un reto personal el aguantar ahí adentro. Muchas veces estuve a punto de darme por vencido, sin embargo aguanté hasta el final. Al ritmo de canciones, tal vez inventadas por el mismo Martín, recuperábamos el aliento dentro de ese horno celestial.
“En espiral hacia el centro, al centro del corazón… yo soy el tejido, yo soy el tejedor….. soy el sueño y el soñador” cantábamos todos con la esperanza de recuperar la fuerza que nos unía ya como un gran grupo unido por la misma causa, mantenernos vivos.
Martín, intentaba empujarnos al máximo, hacernos descubrir nuestra fuerza interna, sanar de alguna forma nuestras penas y tristezas haciéndonos estar en contacto con la naturaleza.
El barro comenzó a ser como un alivio para las altas temperaturas a las que nos encontrábamos, agua, la poco agua que alcanzábamos a beber era como una bendición para nuestros cuerpos casi en flamas. Realmente una experiencia única e incomparable.
Por fin, llegó la hora de dejar aquél horno que había sido nuestro techo por más de tres horas y el viento corría por nuestros cuerpos aún húmedos, uno de los encargados del lugar nos dio un baño de agua helada para refrescarnos.
Al final, Martín, quien había sido nuestro guía espiritual en el temascal me despidió aquella noche con un regalo muy especial, una cuenta de guerrero mexica.